
La salud pública en México es ese paciente eterno que cambia de tratamiento cada seis años, no porque el anterior falle, sino porque el nuevo médico jura que el agua bendita cura mejor que los antibióticos. La Ley General de Salud ha sufrido tantas cirugías plásticas legislativas en la última década que si hoy intentara sacar su credencial de elector, no la reconocería ni el sistema biométrico.
Hubo un tiempo, allá por la prehistoria del año 2019 en que el sistema operaba bajo el cobijo del Seguro Popular. El mecanismo era sencillo, funcionaba como un seguro médico público tradicional, el financiamiento, estaba definido; El Estado y los ciudadanos pagaban una cuota según su nivel socioeconómico, y la cobertura, se regía por un catálogo explícito de enfermedades (el CAUSES). La paradoja del pasado era que si te daba una enfermedad de la página 1 a la 50, tenías medicina gratuita. Si tu padecimiento estaba en la página 51, el sistema te deseaba la mejor de las suertes mientras tu cuenta bancaria entraba en fase terminal. Para solucionar las fallas del pasado, el Poder Legislativo activó la centrifugadora de reformas. Primero borraron el Seguro Popular para crear el INSABI, un experimento que duró menos que un suspiro y dejó las bodegas vacías. Al darse cuenta del error, los diputados reformaron la ley otra vez para decretar que el IMSS-Bienestar sería el nuevo mesías de la salud pública. La promesa actual, sigue siendo el acceso universal, gratuito y total. El diseño legal, parece facil, ya no hay catálogos restrictivos ni cuotas de recuperación. ¿La realidad operativa? El papel de la ley aguanta todo, pero las farmacias de los hospitales públicos no aguantan un inventario completo. ¿Cuándo el sistema de salud, estuvo en su mejor momento? Definir el "mejor momento" de la salud en México es como elegir cuál es la peor película de un director mediocre: ninguna es buena, pero unas son más tolerables que otras. El sistema mexicano rozó su mayor estabilidad entre 2012 y 2015. No era el sistema de Dinamarca; los tiempos de espera eran eternos y el maltrato en ventanilla ya era deporte nacional. Sin embargo, los indicadores de vacunación infantil estaban en niveles récord, la cobertura de tratamientos contra el cáncer de mama y VIH era financieramente estable gracias al Fondo de Protección contra Gastos Catastróficos, y los institutos nacionales de especialidad mantenían presupuestos dignos para operar. Hoy, la ley dice que somos más sanos y protegidos que nunca. Lástima que las bacterias y los tumores no sepan leer las reformas del Diario Oficial de la Federación.
Al final del día, las reformas a la Ley General de Salud nos han demostrado que en México la medicina más barata sigue siendo tener buena suerte. El marco legal actual es un monumento a las buenas intenciones, pero carece del único ingrediente que no se puede legislar: el presupuesto real y la logística eficiente. Mientras los legisladores sigan recetando decretos en el Diario Oficial de la Federación como si fueran aspirinas, los ciudadanos continuarán en la misma sala de espera de siempre, rezando para que la utopía nórdica prometida en los discursos no se traduzca en una receta médica que terminen pagando con la tarjeta de crédito.
Dr. César Álvarez Pacheco
cesar_ap@hotmail.com
@cesar_alvarezp
Huatabampo, Sonora
Sobre el autor:
Dr. César Álvarez Pacheco, es médico especialista, con posgrados diversos, analista del sector sanitario y consultor en políticas de salud pública en México. Con años de experiencia en la práctica clínica y en la gestión hospitalaria, ha vivido en primera línea la evolución y los contrastes de los sistemas de salud pública en el país. Combina su labor médica con la divulgación editorial, utilizando un enfoque crítico y satírico para traducir la compleja burocracia legislativa al lenguaje real de los consultorios y los pacientes.
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